Por Bruno Cortés
En algún sótano refrigerado de la historia nacional, entre expedientes con olor a humedad, pactos viejos y corbatas que todavía sudan tecnocracia, Carlos Salinas de Gortari debe tener una pequeña luz roja encendida. No es poder, exactamente. No es nostalgia. Es algo peor para sus críticos: permanencia.
México lleva años organizando funerales solemnes para el neoliberalismo, con discursos, tambores, diagnósticos morales y hasta certificado de defunción ideológica. Pero cada vez que el país intenta cerrar el ataúd, suena un tráiler en la frontera, cruza una autoparte, se activa una cadena de suministro y alguien en la Secretaría de Economía tiene que aceptar lo evidente: el muerto sigue exportando.
La gran paradoja es ésta: la 4T puede disputar el legado político de Salinas, puede señalar los excesos del periodo neoliberal, puede convertirlo en villano de sobremesa presidencial; pero no ha podido escapar del molde económico que dejó el TLCAN. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue firmado en 1992, entró en vigor el 1 de enero de 1994 y fue reemplazado por el T-MEC el 1 de julio de 2020. No murió: se cambió de saco, aprendió inglés corporativo actualizado y siguió cobrando renta.
Conviene no hacer trampa: Salinas no inventó la apertura desde la nada, como si hubiera despertado una mañana con ganas de meter a México en una licuadora global. La apertura venía de antes. La OMC señala que el ingreso de México al GATT en 1986 aceleró el cambio estructural y la liberalización comercial. Salinas, más que abrir la puerta, le puso chapa norteamericana, cláusulas legales y alfombra roja a la integración productiva.
También conviene otro matiz: el TLCAN no fue “el primer tratado” sin asterisco. Chile recuerda que en 1991 firmó con México el Acuerdo de Complementación Económica ACE 17, al que identifica como el primero de ese tipo firmado por México. El TLCAN fue otra cosa: no el primer paso, sino la zancada que reordenó el cuerpo completo de la economía mexicana.
Y el cuerpo sigue ahí, acostado en la camilla de América del Norte. En 2025, el comercio de bienes entre México y Estados Unidos sumó 872.8 mil millones de dólares: Estados Unidos exportó a México 338 mil millones e importó desde México 534.9 mil millones, según la oficina comercial estadounidense. Es decir: mientras en el discurso se exorciza al neoliberalismo, en la frontera se factura con puntualidad protestante.
La política mexicana ama estas comedias de doble fondo. Se condena al pasado con una mano y se firma el pedimento aduanal con la otra. Se denuncia la dependencia, pero se presume inversión. Se habla de soberanía y se revisan reglas de origen. Se invoca al pueblo y se consulta al mercado automotriz. México no es contradictorio: es bilingüe en sus hipocresías.
El Plan México de Claudia Sheinbaum confirma el punto con una elegancia involuntaria. Su propio diseño habla de relocalización, aumento de contenido nacional y regional, sustitución de importaciones, empleos en manufactura y cadenas globales de valor. Entre sus metas están elevar en 15% el contenido nacional en sectores como automotriz, aeroespacial, electrónico, semiconductores, farmacéutico y químico; además de buscar que 50% de las compras públicas sean de producción nacional. También contempla un portafolio de inversiones nacionales y extranjeras por 277 mil millones de dólares.
O sea: no estamos ante la demolición del modelo, sino ante su remodelación con pintura nacionalista. Se cambia el retrato en la sala, se actualiza el lema, se pone “bienestar” donde antes decía “modernización”, pero la casa sigue conectada al mismo enchufe norteamericano.
Eso no significa que todo lo salinista sea virtud ni que toda crítica sea teatro. El TLCAN generó ganadores, perdedores, regiones integradas y regiones abandonadas; fábricas modernas junto a salarios que llegaron tarde a la fiesta; exportaciones récord junto a una pregunta incómoda: ¿cuánto desarrollo nacional cabe en una economía que ensambla mucho y decide poco?
Ahí está el verdadero paciente en urgencias: no Salinas, no la 4T, no el T-MEC como tótem. El paciente es un país que lleva tres décadas confundiendo inserción con destino. México aprendió a exportar, sí. Pero todavía discute si aprendió a mandar en su propio proyecto.
Por eso el legado incómodo no es que Salinas tenga razón desde la tumba. El legado incómodo es que sus adversarios gobiernan sobre el mapa que él terminó de trazar. Lo maldicen en la conferencia, lo actualizan en la política industrial y lo necesitan en la balanza comercial.
En México, hasta los fantasmas llenan formato de aduana.
Y Salinas, sin decir palabra, sigue pasando revisión.

