Milpa Alta: la otra Ciudad de México entre nopales, pueblos originarios y montaña

A 36 kilómetros del Zócalo, doce pueblos nahuas mantienen milpas, nopales y tradiciones ancestrales en el extremo sureste de la capital.

Milpa Alta, la segunda demarcación territorial de la Ciudad de México con 228 kilómetros cuadrados, alberga doce pueblos originarios que conservan prácticas agrícolas, lengua náhuatl y ciclo festivo propios. A 36 kilómetros del Zócalo capitalino, esta zona constituye la mayor reserva de ruralidad y patrimonio indígena de la urbe. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2020 la demarcación contaba con 138 mil 374 habitantes, de los cuales 4 mil 242 mantenían el uso de una lengua indígena, lo que representa la mayor proporción de hablantes originarios en la capital del país.
El territorio se asienta en las estribaciones de la sierra de Ajusco-Chichinauhtzin, límite natural entre la Ciudad de México y el estado de Morelos. Los doce pueblos milpaltenses —Villa Milpa Alta, San Pedro Atocpan, San Antonio Tecómitl, Santa Ana Tlacotenco, San Lorenzo Tlacoyucan y otros— se reconocen como descendientes de tribus nahuas que habitaron la región desde el Preclásico Tardío. Durante la época colonial, la orden franciscana estableció doctrinas y templos que persisten como centros de culto y organización comunitaria.
La vida comunitaria gira en torno a la propiedad comunal y ejidal, que abarca el 94.5% de la superficie delegacional. Las autoridades civiles y religiosas se organizan mediante mayordomías y cofradías, sistema de cargos rotativos encargado de las festividades patronales y el mantenimiento de los templos. Esta estructura ha permitido la defensa de los bosques y tierras de cultivo ante proyectos de desarrollo que han intentado extenderse por la zona desde mediados del siglo pasado.
El cultivo del nopal verdura constituye el pilar económico y agrícola de la demarcación. De acuerdo con el Censo Agropecuario 2007 del INEGI, Milpa Alta concentraba el 76.8% de la producción de nopal del Distrito Federal, con un rendimiento de 58.33 toneladas por hectárea en una superficie de mil 616 hectáreas en producción. Los pueblos de San Agustín Ohtenco, San Jerónimo Miacatlán, San Juan Tepenáhuac, San Francisco Tecoxpa, Santa Ana Tlacotenco, San Lorenzo Tlacoyucan y Villa Milpa Alta agrupan la mayor parte de las unidades de producción. La planta, de la especie Opuntia ficus-indica, se comercializa en mercados locales e industriales para elaboración de alimentos, cosméticos y productos medicinales.
La cocina tradicional de la zona se distingue por el uso de ingredientes de la milpa y el monte. En los comales de Milpa Alta se preparan a pie de milpa quesadillas de flor de calabaza, hongos y quelites, acompañadas de barbacoa de borrego horneada en pozos cubiertos de maguey y mixiote envuelto en pencas. San Pedro Atocpan es reconocido por la Feria Nacional del Mole, celebrada en octubre, donde cocineros locales y foráneos exhiben variantes del mole rojo, almendrado y de guajolote. La gastronomía opera como puente entre el campo y la mesa, con recetas transmitidas por generaciones en el ámbito familiar.
En Milpa Alta hay fiesta casi todo el año; no alcanzan los días del calendario. En junio, Villa Milpa Alta organiza la Feria del Nopal; en septiembre, San Agustín Ohtenco alberga el Festival de Globos de Cantoya, con elevación masiva de tres mil globos de papel de china. En octubre, San Pedro Atocpan recibe visitantes durante la Feria Nacional del Mole. El Día de Muertos en San Antonio Tecómitl se caracteriza por la instalación de altares, velas y flores en las viviendas y calles del pueblo. Además, cada 3 de enero los doce pueblos inician la peregrinación al Santuario del Señor de Chalma, caminata que concluye el día 11 con el cambio de mayordomos.
La demarcación ofrece rutas de senderismo por bosques de pino y encino, además de recorridos agroturísticos conocidos como la Ruta del Nopal y la Ruta Mágica. San Antonio Tecómitl conserva parcelas chinamperas que forman parte del polígono declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como extensión de la zona chinampera del valle de México. Quien llega a Milpa Alta puede echar una caminata por caminos de terracería entre sembradíos de maíz, calabaza y frijol, o participar en talleres de elaboración de globos de cantoya y preparación de barbacoa.
La oferta turística se combina con la permanencia de oficios como la alfarería, la herrería y la medicina tradicional con temazcal.
A pesar de la permanencia de sus tradiciones, Milpa Alta enfrenta procesos de urbanización difusa, cambio de uso de suelo y división social derivada de la introducción de sistemas de votación partidista que desplazan las asambleas de usos y costumbres. La llegada de población avecindada desde las décadas de 1970 y 1980 generó asentamientos irregulares en las periferias de los pueblos. La tala ilegal y los incendios forestales representan riesgos constantes para los bosques comunales, aunque brigadistas y comuneros mantienen labores de vigilancia y reforestación.
En las últimas décadas, colectivos de Santa Ana Tlacotenco, San Lorenzo Tlacoyucan y San Jerónimo Miacatlán impulsan la revitalización de la lengua náhuatl mediante talleres comunitarios, danza, edición de textos y cine. La construcción anunciada de la Universidad de las Lenguas Indígenas de México en el territorio milpaltense representa una apuesta por la formación académica en lenguas originarias, aunque la comunidad demanda que la enseñanza del náhuatl se extienda desde el nivel preescolar y primario. El acceso a la zona es posible por la carretera federal a Oaxtepec y el servicio de transporte público desde la terminal de Tasqueña.