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Salud

La salud de los huesos se construye mucho antes de la vejez: estos hábitos pueden protegerla durante décadas

Por admin 7 de octubre de 2026, 20:00 hrs

Hablar de salud ósea suele convertirse en una prioridad después de una fractura, cuando aparecen los primeros cambios relacionados con la menopausia o al avanzar hacia la vejez. Sin embargo, especialistas advierten que buena parte de la fortaleza del esqueleto se determina mucho antes y que los hábitos mantenidos durante la adultez pueden influir en la capacidad de conservar los huesos resistentes con el paso de los años.

La mayor parte de la masa ósea se forma durante la infancia, la adolescencia y los primeros años de la adultez. La densidad mineral ósea suele alcanzar su punto máximo antes de los 30 años y, posteriormente, comienza un proceso gradual de pérdida. Por eso, los 30 y 40 años representan una etapa importante para mantener una buena reserva ósea y reducir factores que puedan acelerar su deterioro.

El hueso no es una estructura estática. Se trata de un tejido vivo que se remodela constantemente y responde a las exigencias físicas a las que es sometido. De acuerdo con Reuben Chen, médico especializado en medicina deportiva, esa capacidad de adaptación permite preservar e incluso mejorar parte de la resistencia ósea mediante una rutina constante de ejercicio y una alimentación adecuada.

Los resultados, sin embargo, no aparecen de un día para otro. Los cambios relevantes en la estructura ósea pueden tardar entre uno y tres años en reflejarse en una densitometría, dependiendo de factores como la edad, la condición inicial y la constancia con el entrenamiento y la alimentación.

La densidad mineral ósea revela la cantidad de minerales del esqueleto

La densidad mineral ósea hace referencia a la cantidad de minerales, principalmente calcio y fósforo, presentes en el tejido óseo. En términos generales, una mayor densidad se relaciona con huesos más resistentes, mientras que una reducción puede incrementar la posibilidad de sufrir fracturas.

La reserva acumulada durante las primeras décadas de vida es especialmente importante porque funciona como una especie de punto de partida para los años posteriores. Durante la juventud, los hábitos saludables pueden favorecer la formación y conservación de masa ósea; conforme avanza la edad, el objetivo cambia progresivamente hacia la preservación del tejido que ya existe.

A partir de los 40 años puede comenzar una pérdida gradual de densidad. En las mujeres, este proceso puede acelerarse de manera importante durante la transición hacia la menopausia debido al descenso de los niveles de estrógeno. Antes de esta etapa, la pérdida puede mantenerse por debajo de 1% anual, mientras que durante la transición menopáusica puede acercarse a 3% anual, de acuerdo con los especialistas citados.

Esto explica por qué la prevención no debería limitarse a los años posteriores a la menopausia. Llegar a esa etapa con una buena reserva de masa ósea puede ser relevante para enfrentar el proceso natural de pérdida que ocurre con el envejecimiento.

La osteoporosis puede avanzar sin síntomas

Uno de los principales problemas de la pérdida de densidad ósea es que suele avanzar sin producir señales evidentes. Una persona puede experimentar un deterioro progresivo de la estructura de sus huesos sin dolor ni cambios visibles y descubrirlo hasta después de una fractura.

Por esta razón, la osteoporosis suele considerarse una enfermedad silenciosa. Cuando una fractura ocurre en edades avanzadas, sus consecuencias pueden ir mucho más allá del dolor: puede limitar la movilidad, dificultar las actividades cotidianas y afectar la autonomía.

No todas las personas tienen el mismo riesgo. Los antecedentes familiares, las fracturas previas ocasionadas por golpes o caídas de baja intensidad, algunas enfermedades que interfieren con la absorción de nutrientes y determinados tratamientos prolongados con corticoides son factores que justifican una valoración médica individual.

También existen hábitos que pueden favorecer la pérdida de masa ósea. El tabaquismo, el consumo elevado de alcohol y el uso prolongado de esteroides pueden afectar la salud del esqueleto, mientras que las fracturas por estrés repetidas pueden ser una señal de que existe una carga física que necesita ser evaluada.

El ejercicio le da al hueso una razón para fortalecerse

La actividad física es una de las principales herramientas para conservar la salud del esqueleto. Caminar, bailar, trotar, correr y subir escaleras son ejemplos de actividades que someten a los huesos a cargas mecánicas y pueden contribuir al mantenimiento de su estructura, siempre que la intensidad sea adecuada para cada persona.

El entrenamiento de fuerza ocupa un lugar especialmente importante. La resistencia que ejercen las pesas o el propio peso corporal genera estímulos mecánicos que favorecen el proceso de remodelación ósea. En términos sencillos, la presión que recibe el esqueleto durante el ejercicio envía señales que pueden activar a los osteoblastos, células encargadas de formar tejido óseo.

Por ello, una estrategia de cuidado no consiste únicamente en hacer ejercicio cardiovascular. La combinación con ejercicios de fortalecimiento puede ser especialmente útil para mantener músculos y huesos en mejores condiciones. Entre las recomendaciones citadas por los especialistas se encuentra realizar al menos 30 minutos diarios de actividad aeróbica moderada y complementar con ejercicios de fuerza alrededor de tres veces por semana, poniendo atención en zonas como las caderas y la columna.

También pueden incorporarse actividades de impacto controlado, como determinados saltos o ejercicios pliométricos, así como caminatas y carreras. Sin embargo, la intensidad debe adaptarse a la edad, condición física y antecedentes de cada persona, especialmente cuando existen lesiones, dolor o un riesgo elevado de fractura.

El cuidado del esqueleto tampoco termina en fortalecerlo. El equilibrio y la coordinación ayudan a disminuir el riesgo de caídas, una de las principales circunstancias que pueden desencadenar fracturas. Mantenerse sobre una pierna, caminar siguiendo una línea o realizar desplazamientos laterales son ejemplos sencillos de ejercicios que pueden trabajar estas capacidades.

El calcio necesita compañía: proteínas y vitamina D también importan

La actividad física es solo una parte de la ecuación. Para mantener y reparar los tejidos, el organismo necesita disponer de nutrientes suficientes, entre ellos proteínas, calcio y vitamina D.

El calcio constituye uno de los principales componentes minerales del hueso, mientras que la vitamina D participa en su absorción. Las proteínas, por su parte, son necesarias para el mantenimiento de los tejidos y también forman parte de una alimentación adecuada para conservar la masa muscular, algo particularmente importante conforme aumenta la edad.

Estos nutrientes pueden obtenerse mediante una alimentación variada. Los lácteos y productos fortificados aportan calcio, mientras que algunos pescados grasos, huevos y alimentos de origen vegetal pueden contribuir al consumo de diferentes nutrientes relacionados con la salud ósea. Entre las opciones mencionadas se encuentran también el brócoli, las verduras de hoja verde y algunos frutos secos.

La clave está en evitar que la preocupación por los huesos se reduzca a un solo alimento, suplemento o ejercicio. La salud ósea depende de un conjunto de factores que se mantienen durante años: suficiente actividad física, alimentación adecuada, mantenimiento de la masa muscular, prevención de caídas y atención a los factores de riesgo.

Cuidar los huesos desde la adultez no significa intentar detener por completo el proceso natural de envejecimiento. Significa llegar a las siguientes décadas con la mejor reserva posible y reducir aquellos factores que pueden acelerar su deterioro. En un tejido que cambia silenciosamente y cuyos problemas pueden manifestarse hasta después de una fractura, la prevención puede comenzar mucho antes de que aparezca la primera señal de alarma.