Para quienes cocinan a diario, hay una buena noticia: reducir el riesgo de bacterias en la cocina no requiere productos especiales ni gastos adicionales, sino ajustar unos cuantos hábitos de limpieza.
El primer punto de atención es la esponja de lavar trastes. Se recomienda enjuagarla y escurrirla bien después de cada uso, evitar dejarla húmeda dentro del fregadero y sustituirla cada una o dos semanas, dependiendo de su uso.
Los trapos de cocina merecen el mismo cuidado. Lo ideal es tener varios en rotación —uno para secar manos, otro para superficies— y lavarlos con frecuencia a temperatura alta, en lugar de reutilizar el mismo trapo para todo durante días.
Las tablas de cortar requieren una atención especial cuando se usan para alimentos crudos como carne, pollo o pescado. Se recomienda lavarlas de inmediato con agua caliente y jabón, y considerar tener una tabla exclusiva para proteínas crudas y otra para verduras o alimentos ya cocidos.
Secar bien cada utensilio antes de guardarlo es un paso que suele pasarse por alto, pero es clave: la humedad retenida es precisamente lo que permite que las bacterias se reproduzcan con mayor facilidad.
Incorporar estos hábitos a la rutina diaria de limpieza no toma más de unos minutos adicionales, pero puede marcar una diferencia real en la prevención de malestares estomacales asociados al manejo inadecuado de alimentos en casa.

