La historia de la avioneta empieza como una escena cerrada: tres personas, un vuelo privado, un capo secuestrado y un aterrizaje calculado en Santa Teresa, Nuevo México. Según la primera versión difundida por el abogado Frank Pérez, en aquella aeronave viajaban únicamente Ismael “El Mayo” Zambada, Joaquín Guzmán López y un piloto cuya identidad, casi dos años después, sigue siendo el agujero negro del caso.
Ese vacío importa más que cualquier detalle mecánico del avión. Porque Zambada no llegó solo. No cruzó la frontera por error. No apareció mágicamente en una pista estadounidense. Alguien lo voló. Alguien condujo deliberadamente una aeronave con un secuestrado a bordo hacia territorio de Estados Unidos. Y, sin embargo, esa persona no ha sido presentada, imputada, protegida públicamente ni explicada.
La versión básica del secuestro ha resistido mejor que muchas sospechas iniciales. Zambada sostuvo que fue llevado con engaños a una reunión en Sinaloa, reducido, amarrado y subido a un avión. Después, los procesos judiciales en Estados Unidos terminaron por colocar a Joaquín Guzmán López como pieza central de esa entrega. En la superficie, la historia tiene una línea clara: un Chapito entregó al viejo jefe con la esperanza de obtener beneficios.
Pero la superficie no alcanza para explicar la operación.
El primer problema está en la aeronave. Lo que al inicio fue reportado como una Cessna terminó descrito como un Beechcraft King Air turbohélice. Después vinieron más capas: número de serie falso, matrícula clonada, modificaciones en motores, sistema de combustible y navegación, además de cambios pensados para dificultar la detección. Ya no se trataba sólo de un avión privado usado en una traición criminal, sino de una máquina con características propias de una operación clandestina.
El segundo problema está en el relato estadounidense. En 2024, Washington negó cualquier participación previa. El embajador Ken Salazar fue tajante: no era avión de Estados Unidos, no eran pilotos de Estados Unidos, no eran agentes de Estados Unidos. La frase buscaba cerrar la puerta. Pero la puerta quedó entreabierta desde el momento en que nadie explicó quién pilotó, cómo ingresó, bajo qué garantías aterrizó y por qué esa persona no aparece en el expediente público.
La pregunta, entonces, no es sólo si Zambada fue secuestrado. Esa parte parece cada vez menos discutible. La pregunta verdadera es otra: ¿dónde quedó el piloto?
Si el piloto actuó por cuenta de Joaquín Guzmán López, ¿por qué no ha sido identificado como parte de la operación criminal? Si cooperó con autoridades estadounidenses, ¿por qué no se ha reconocido su papel? Si fue un simple prestador de servicios, ¿cómo terminó al mando de un avión con matrícula clonada, sistemas alterados y uno de los hombres más buscados por Estados Unidos atado en la cabina? Ninguna de las tres rutas deja bien parada a la versión oficial.
La aparición pública del avión en el War Eagles Air Museum de Santa Teresa agregó una ironía difícil de ignorar. La aeronave ya no está en la sombra: fue exhibida, fotografiada y convertida en trofeo. El FBI incluso bautizó la operación como “Air Kings” y mostró imágenes inéditas del arresto de Zambada y Guzmán López al bajar del avión. Lo que antes se presentó como una recepción casi accidental de un paquete criminal comenzó a tomar forma de operación celebrada.
Ahí aparece la inconsistencia principal: Estados Unidos dijo no haber participado en el vuelo, pero después incorporó el avión a una narrativa institucional de éxito. Dijo que no era su avión, pero terminó exhibiéndolo como símbolo operativo. Dijo que no eran sus pilotos, pero nunca aclaró quién sí lo era. Dijo que no eran sus agentes, pero mostró a sus agentes cerrando la escena en la pista.
No hay, hasta ahora, una prueba pública que confirme coordinación previa del FBI con Joaquín Guzmán López. Esa frontera debe respetarse. Pero tampoco hay una explicación convincente sobre cómo un avión fantasma, con alteraciones técnicas y un capo secuestrado, pudo aterrizar en territorio estadounidense sin que alguien tuviera garantías suficientes para hacerlo.
La figura del piloto concentra todas las dudas. Es el testigo que no habla, el operador que no aparece, el eslabón que convertiría una entrega criminal en una operación tolerada, monitoreada o negociada. Su identidad podría aclarar si Washington fue sorprendido por el aterrizaje o si lo esperaba. También podría explicar si Guzmán López actuó solo, si tuvo intermediarios o si existió una coordinación que hasta ahora ninguna autoridad quiere admitir.
El caso se vuelve todavía más turbio cuando se conecta con Sinaloa. La carta de Zambada del 10 de agosto de 2024 no sólo narró su secuestro; también colocó el origen de la trampa en una supuesta reunión política en el rancho Huertos del Pedregal, en las afueras de Culiacán. Según su versión, fue citado para mediar en el conflicto entre Rubén Rocha Moya y Héctor Melesio Cuén Ojeda por el control de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Ese mismo día, Cuén fue asesinado. Primero, la Fiscalía estatal sostuvo que murió en un asalto en una gasolinera. Después, la FGR desmontó esa versión al ubicar sangre de Cuén en la finca donde, según Zambada, ocurrió el secuestro. El expediente dejó de ser una historia de traición entre capos y se convirtió en una crisis institucional: una reunión política señalada por un narcotraficante, un homicidio con versión estatal cuestionada y una entrega aérea a Estados Unidos con piloto invisible.
Rocha Moya negó haber estado en esa reunión y aseguró que ese día se encontraba en Los Ángeles. No hay evidencia pública concluyente que lo coloque en la finca. Pero el caso escaló de todos modos: en 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una acusación contra diez mexicanos por presuntos vínculos con Los Chapitos, con Rocha como figura central. La política sinaloense quedó atrapada en el mismo nudo donde se cruzan el secuestro de Zambada, la muerte de Cuén y la avioneta de Santa Teresa.
La cronología deja una escena inquietante: el viejo capo dice que fue citado a una reunión con trasfondo político; en ese lugar habría sido secuestrado; ese mismo día murió Cuén; después, Zambada fue trasladado en un avión modificado a Estados Unidos; al aterrizar, lo esperaban agentes federales; y casi dos años después, el aparato terminó exhibido como pieza de museo. Todo tiene protagonistas visibles, excepto quien sostuvo el volante.
Por eso el piloto no es un detalle técnico. Es la pregunta que puede cambiar la naturaleza del caso. Si aparece como operador de Guzmán López, se refuerza la tesis de una entrega pactada desde el crimen. Si aparece como colaborador protegido, se abre la puerta a una operación encubierta. Si no aparece nunca, la omisión se vuelve mensaje.
La versión de la avioneta, entonces, es creíble en su esqueleto, pero inestable en sus órganos vitales. Sí hubo traslado. Sí hubo captura. Sí hubo entrega. Lo que no está claro es quién permitió que esa entrega ocurriera, quién la condujo y quién decidió borrar del relato al hombre que voló el avión.
El museo puede exhibir la aeronave. El FBI puede exhibir las fotos. Los expedientes pueden exhibir declaraciones. Pero mientras no aparezca el piloto, la historia seguirá incompleta.
Y en una operación de esta magnitud, lo que falta puede ser más revelador que lo que ya se mostró.

